A MI PADRE, LA RELIGIÓN LE PRODUCÍA cierta alergia.
Solamente iba a la sinagoga en
Año Nuevo—Rosh Hashaná y en el Día del Perdón---Yom Kippur, llevado
más que todo por una costumbre y no por una cuestión de fe.
A Mi Madre le gustaba respetar el
Shabat. Los viernes encendía dos velas
decía unas oraciones y ponía en la mesa
el pan trenzado—jalá, que se come en todas las festividades menos en las
Pascuas.
Durante varios años celebramos en nuestra casa Rosh Hashaná y Yom Kippur,
en un ambiente sumamente
agradable.
Nosotros compartíamos las festividades
con la hermana, el cuñado y los sobrinos de
nuestro inquilino, Jonás un
hombre que había perdido a su mujer y a
sus tres hijos, en un campo de
concentración.
JONÁS había sido condecorado por el
ejército austriaco por su valiente comportamiento durante la PGM. Las medallas
no le sirvieron para rescatar a su familia del averno.
Jonás vivía tomando litros de café soluble y fumando un cigarrillo
tras del otro.
Jonás se dedicaba a la venta callejera de
artículos de mercería.
Cuando
se compró un tocadiscos yo no me despegué
de su habitación. Jonás compraba discos en idish. Todas eran canciones muy tristes.
Recordaban la vida de los hebreos en
Europa.
Los parientes de Jonás vivían en la
vecina localidad de San José de
Feliciano (fundada en 1823), donde la
pequeña comunidad hebrea no tenía los medios
económicos para poder
contratar un jazán; por eso venían
a Concordia.
Si el día se presentaba agradable se
almorzaba y se cenaba en el patio cubierto de casa. Si no, se utilizaba el salón comedor, adecuado
para dar
cabida a los diez comensales.
Mi Madre
adornaba la mesa con dos hermosos candelabros; un mantel blanco, bordado a mano en los extremos,
con sus respectivas servilletas. Los
platos estaban decorados, las copas eran de cristal y los
cubiertos de alpaca.
La hermana de Jonás se encargaba de la
cocina. Todo lo organizaba en un
periquete.
Los rincones de nuestro caserón estaban impregnados de los cálidos aromas que partían de nuestra
COCINA ISTILART, que bramaba feliz.
Yo guardo un triste recuerdo de la Istilart: era muy pequeño cuando me saltó un brasa que se me acomodó en el
cuello. Me quedó una enorme llaga de
adorno.
De
las muchas exquisiteces que se preparaban yo me derretía por dos en particular: el cogote de pollo relleno (harina de matzá, tres cebollas medianas bien
picadas, ocho cucharadas de grasa de
pollo, sal y pimienta); y por la
gelatina de pata de res—jolodetz (huesos de garrón
completo, sal a gusto, cucharada de pimienta en grano, hojas de laurel, dientes de ajo y huevos duros.)
Por una
Ley Nacional, los hebreos podíamos faltar a clase. Y los comerciantes
no abrían sus negocios aún aquellos que no
iban la sinagoga.
En el shil los hombres se sentaban separados de las mujeres. Ellos adelante,
ellas atrás. Las más jóvenes subían al balcón del primer piso desde donde
seguían la ceremonia. Las casadas se cubrían la cabeza. Con los hombres no existían las excepciones: todos nos poníamos la kipá.
Las fiestas caían entre septiembre y
octubre. El clima era mayormente benigno
y yo me unía a los grupetos que jugaban
en el patio de la sinagoga.
A
MI PADRE le gustaba que yo lo
acompañara mientras él rezaba. Hasta me explicaba lo que estaba
leyendo. Cuando me invadía el
aburrimiento volvía al patio.
Nunca
faltaba aquel chistoso que te
quitaba la kipá, en el momento
que estabas por entrar al oratorio.
Yo no entendía cómo hacía
MI PADRE para sostener el yarmekel sobre su bocha. Cuando yo me quedé pelado ya hacía años que no pisaba una
sinagoga. Yo prefería ser bueno todo el año, antes que tener
que ir disculparme ante un Ser
imaginario, por los pecados no
cometidos.
He sido lo intelectualmente honesto para poder juzgarme a mí mismo.
En la religión judía no se exculpa al rico.
Todos están metidos en la misma bolsa.
LA DIVISIÓN ENTRE LOS ASQUENAZÍES Y LOS SEFARDÍES es lo más visible en el plano religioso: cada
grupo tiene su propio templo. Unos leen los textos
en una mezcla de idish y hebreo. En cambio, los mal llamados “turcos” lo hacen
solamente en hebreo.
En 1961, entré en un shil oriental para
ir a saludar a una noviecita que era hija de sirios. Todos me
miraron como a un sapo de otro pozo. Quizá lo era. Yo nunca
entendí cómo puede ser que el hombre
discrimine a su semejante, sabiendo que todos tenemos idéntico comienzo e
igual final. Y en el caso de los
hebreos, unos y otros rezamos al mismo Jehová.
Kipá. Es una pequeña gorra ritual usada tradicionalmente por los varones y últimamente aceptada también por las
corrientes no ortodoxas para uso femenino.
Había
momentos de la liturgia que me
fascinaban: cuando el jazán se arrodillaba en
gesto de sumisión ante el Señor;
y cuando se abría el armario
sagrado, –el arón hakodesh-- donde
estaban guardados los rollos bíblicos.
Los ayudantes del rabino se acercaban los
escritos al público para que la gente los tocara, como si
buscasen en ese gesto ser bendecidos. Finalmente los rollos se desplegaban totalmente sobre el púlpito para su lectura.
Había un hombre que se encargaba de hacer
sonar una trompeta-- shofar
revelando distintos pasajes de la liturgia.
El cuerno es de un animal kasher:
carnero, cabra, antílope o gacela.
En Año Nuevo se lo hace sonar no menos de cien veces.
Yo tenía uno que Mi Padre me lo había
regalado. Lo tenía de adorno. Mis
pulmones no acumulaban el aire
suficiente para que yo pudiera soplar.
Dos semanas después del Año Nuevo,
es el Día del Perdón. En esta
efeméride la concurrencia a la sinagoga es multitudinaria.
La gente no se viene a confesar
sino a estar presente en el momento que
se reza por los padres, hijos y
hermanos fallecidos.
Cuando
de la muerte se trata hasta los ateos se
vuelven creyentes.
En YK
se cena temprano y con la salida de la primera estrella se inicia el
ayuno que es obligatorio para toda aquella persona mayor de trece años.
Yo iba a la sinagoga a escuchar KOL
NIDREI (es el rezo previo del servicio
vespertino). Si el jazán le pone
onda a su canto, al público se le aflojaban las
rodillas y las lágrimas se deslizan espontáneamente.
El rito central comienza a las ocho de la mañana y se extiende hasta la salida de la nueva estrella.
Los adultos no se mueven de la sinagoga.
No quieren que los demás piensen que pueden flaquear. Es que no resulta nada fácil estar encerrado
casi todo un día, en una sala abarrotada y
con escasa ventilación. No
faltaban los que se sofocaban
o se desmayaban.
Están exceptuados de ayunar: los
viejos, los enfermos, y los menores de
trece años. Es decir: los que todavía
no han tomado la comunión. Muchos niños
en su infinita maldad, les gustaba pasearse por la sinagoga comiendo
un sándwich de miga,
bebiéndose un refresco o tomándose
un enorme helado.
También se dedicaban a indagar al principiante si no había aflojado: se le pedía que
mostrara la lengua para ver si estaba
seca o rosada.
Al terminar el día los feligreses se reúnen alrededor de una mesa enorme para brindar por
el nuevo año. Tortas de miel y bebidas espirituosas están al alcance de todos.
Yo me ponía en la cola como si hubiese
ayunado y era merecedor de un pedazo de
leikaj. Algunos me ponían mala cara por
mi intromisión.
La última vez que estuve con MI
PADRE en la sinagoga de Concordia fue en el Año Nuevo de 1963.
Las
Pascua—Pesaj, la festejábamos en
familia. La hermana de Jonás y los suyos se quedaban en su pueblo. Mi Madre tenía la cocina a su entera disposición. Ella se encargaba de
limpiar a fondo todo vestigio
de pan y reemplazarlo por el pan
ácimo-- matzá.
Es un festejo de una semana. Mayormente importan los dos
primeros días y el último. Esta
festividad representa el fin de
nuestra esclavitud en Egipto.
La
matzá era el alimento básico que tenía el pueblo mientras marchaba por el
desierto—midbar , hacia la Tierra Prometida.
Un hueso con carne asado
a la brasa es el cordero pascual y se lo coloca en un
plato.
En una
fuente se distribuyen las hierbas amargas que equivalen al sufrimiento de nuestro
pueblo; un puré de manzana
con almendras y canela, bañados en
vino tinto, es la argamasa de los
ladrillos que los esclavos hebreos utilizaban en
las construcciones faraónicas; y
un huevo, previamente cocido en cenizas de matzá, simboliza
la destrucción del Templo y el
comienzo de nuestra Dispersión. Un momento
particular que hace atractiva la cena—seder, se produce cuando
el encargado de leer la Leyenda--Hagadá,
llena de vino dulce las copas. Hay que
libar en cuatro
oportunidades.
Después de la segunda ronda, el más joven le plantea al más viejo cuatro preguntas--- kashot,
relacionadas con la destrucción del Templo.
El cuarto brindis afianza la
existencia de un ser único y
todopoderoso: Adonai.
En
todos los hogares se espera la llegada de Elías, el Mesías-- Eliahu
hanaví que viene montando un brioso corcel blanco y va a compartir la
celebración con todas las familias.
Él tiene su propia copa de vino.
Entre los más jóvenes siempre hay uno que va diciendo que Elías ya ha venido porque su copa no tiene la misma cantidad de vino.
La dificultad es demostrarlo. Esto
origina agrias discusiones entre
los comensales.
A la hora del postre hay un
entretenimiento conocido como afikoman,
(trozo de matzá envuelto en una servilleta), que los padres
esconden y los hijos rivalizan
entre ellos para ver quién es el primero en hallarlo. El premio es muy
modesto: caramelos, algún chocolate o
chupetines. A los perdedores les queda la sensación que el
ganador se ha visto favorecido por los
papis. Esta duda se renueva año a año.
La Psicología moderna afirma que los padres, aunque lo nieguen, tienen
un hijo al que prefieren por sobre
sus otros hermanos.
EN 1962 YO ESTABA VIVIENDO EN ISRAEL. En
Rosh Hashaná fui a un kibutz
donde había una
mayoría brasileña: Brur Jail
(fundado en 1950). Me bastó llegar para
darme cuenta que aquí la religión
no contaba. Los bazucas estaban eufóricos por haber conquistado el
Mundial de Fútbol de Chile y burlarse
de los argentinos. La selección
albiceleste se habìa quedado en la fase inicial.
Al día siguiente conseguí que alguien me acercara hasta el kibutz
Saar, fundado por religiosos en 1947.
Yo quería impregnarme
de judaísmo que mal no me venía
teniendo en cuenta
que estaba en la tierra de mis
antepasados.
La
sinagoga de Saar es muy bonita.
Hay unos
vitrales que a la luz del
día le confiere una belleza muy especial.
Después de un par de horas de escuchar y
no entender, me fui al baño porque me
estaba orinando. A duras penas encontré un
Beit shimush destinado al público en general.
Una vez que liberé mi vejiga y me lavé
las manos me di cuenta que todas las
luminarias estaban encendidas. Pensé para mí: “¡Qué desperdicio!” Y las apagué. En ese momento un grito espantoso surgió de las entrañas mismas de un inodoro. Me
pegué semejante susto, que aún hoy me estremezco. Un religioso con los
pantalones a medio subir se me acercó chillando. No entendía lo que me quería decir.
Me escapé de ese chiflado.
Tuve la suerte que un particular aceptó
llevarme. Me dejó en la casa de Lea, la
prima de Mi Madre, que vivía en Tel Aviv.
En el viaje me puse a pensar
por qué el datí había
enloquecido. Me había olvidado que en los
días de recogimiento y feriados, relacionados con la fe, no se pueden
encender el fuego ni la luz. Se utiliza un sistema
electrónico que hace que la electricidad se encienda y se apague
automáticamente. Yo había cometido un sacrilegio.
En Yom Kippur viajé en bus de Tel Aviv a Haifa, a la casa
de Mi Tía Débora. La encontré más
glotona que nunca. Para ella la religión era una ofensa al sentido común. Traté
aislarme de la tía pecadora. Me fui hasta
una sinagoga que estaba en la
zona del Monte Carmelo. Dos horas
después volví para compartir el almuerzo con Mi Tía y Mi Primo
Danny. Comí sin sentir el más mínimo
remordimiento.
Desde ese entonces, nunca más le di
importancia a las Fiestas judías salvo, para
no ir a trabajar. Una manera cómoda para no perder mi identidad.
Yo de niño encontraba mucho más alegres las festividades
católicas que las judías. Nunca olvidé que los católicos nos llenaron
la vida de muertos. De todos modos, tanto en Navidad como en Año Nuevo yo
sentía una envidia enfermiza hacia los
chicos del barrio. Ellos podían
trasnochar y tirar cohetes. A mí me mandaban a dormir temprano.
EN
1954 TUVE MI PRIMERA CENA DE NOCHEBUENA.
Mi Tía Rosita y su vecina, la
mujer del zapatero, una italiana divina,
organizaron una jafla para once comensales.
Sacaron las mesas a la vereda, se iluminó el
lugar. No hubo Misa de Gallo, ni se bendijeron los alimentos. Unos no creían y
los otros no querían.
Reyes era mi acabose. Yo madrugaba para ver cuán magnánimos habían
sido los Magos con los purretes de la
cuadra. Muchos de ellos no entendían
por qué conmigo habían sido tan
tacaños.
Yo no estaba de humor como para
darles explicaciones. Tampoco me entenderían.
A Mi Primogénito nunca le faltó un
juguete en Reyes. No quería que se
sintiera diferente a otros chicos. Esto
no lo haría mejor ni peor hebreo.
La
única fiesta cristiana que MI Madre no encontraba
pecaminosa era Carnaval. Durante la siesta se armaban
verdaderas batallas campales: grandes y chicos, de ambos sexos, se corrían con
baldes y globos cargados de agua.
Recuerdo a dos agrupaciones que hacían capote en las
fiestas carnestolendas: Los Wawancó una
formación creada en 1955 con músicos de
diversas nacionalidades: de Costa Rica, Perú,
Chile
y Colombia. Se distinguía
por tocar cumbias y merengues; y
el Cuarteto Imperial, conjunto de origen colombiano que abrió sus
horizontes musicales en la Argentina en
el año 1964 para convertirse en los reyes de la
cumbia.
Yo no participaba. Mi Madre temía que me
resfriara. En cambio, me permitía llevar al corso un pomo de goma cargado de agua para que
mojara a las nenas.
Había un
espray que tenía un líquido que
cuando entraba en los ojos era la
agonía. A principios de los cincuenta del siglo pasado se lo prohibió porque se
habían constatado graves daños
oculares.
La calle principal de Concordia se
transformaba en una arteria tan iluminada que permitía fantasear con un mundo
de fábulas. Luces con diseños alegóricos a la fiesta se extendían por varias
cuadras. Las murgas y las carrozas se ganaban los estruendosos aplausos de la multitud. Mucha
gente terminaba la noche en los clubes
y centros bailables. Las orquestas eran
en vivo y se daban premios a los
mejores disfraces.
No lejos de la casa de Mi Tía Rosita
estaba el club Comunicaciones (fundado en
1923). Una verdadera multitud concurría a bailar con las mejores orquestas del momento. En carnaval la competencia era muy grande y
la gente elegía, como siempre las mejores propuestas.
Carnaval.
Tiene su origen probable en fiestas paganas: en honor a Baco, dios del vino; las
saturnales (en homenaje al dios Saturno);y
las lupercales romanas (se festejaban el 15 de febrero de cada
año).
YO LE
TENÍA MIEDO AL FUEGO. Sin embargo, me fascinaban las fogatas que se hacían para la
recordar el martirio
de los apóstoles San Pedro y San
Pablo. Yo no participaba en el armado de
las hogueras, pero donaba ropa vieja para vestir a los monigotes que se iban a quemar.
En mi infancia las fechas patrias se vivían intensamente. Yo iba a todos
los desfiles. Con los años, estas
costumbres fueron dejadas de lado. Ahora
los Padres de la Patria se han
transformado en agentes de turismo. Se
utilizan los feriados para pasear. Los jóvenes no tienen la más pálida idea de
cómo se fue construyendo este
país.
Nuestros insignes políticos nos
hablan de patriotismo, de amor a esta tierra, y una sumatoria de irrefrenables boludeces.
No todo pasado fue mejor. Sin embargo,
antes uno debía generar sus propios
espacios de diversión porque nada venía
envasado. La gente salía a pasear a
parques y plazas. Había un trato
fluido con el vecino. Era tan entrañable
la relación que parecía un familiar.
Hoy todo esto ya no existe: los barrios
han desaparecido para convertirse en moles de cemento, donde sus habitantes no
saben quién vive en la vivienda de al lado.
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