Dios es la energía que produce un grupo de
personas reunidas con idénticos propósitos, aunque tengan distintos nombres.
Esta Energía siempre cumple similar función: le sirve al creyente para
superar su ansiedad, su frustración, su soledad y su miedo a morir.
En el recinto donde se congregan los
creyentes la Energía cobra forma humana. Puede
ser un cura, un lamaísta, un
pastor evangélico, un rabino o un ulema musulmán, el que consigue convencer al practicante, que él
es el representante de Dios en la
Tierra.
Esta caracterización se va ampliando a medida
que aparecen nuevas ofertas celestiales.
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EN EL
MUNDO NO HAY UN DIOS QUE SE RESISTA AL DINERO.
En todos los cultos, la comunicación con el Más Allá tiene
su precio. Las diferencias están
en las tarifas.
Hay
Iglesias que son muy modestas, sus gastos
operativos son mínimos. Lo único que les encarece es el sueldo del pastor. Mis Padres se sintieron descorazonados porque Dios había vuelto a abandonar al pueblo hebreo.
Mis
Padres no iban a la sinagoga con la frecuencia que lo
hacían otras
familias que vivían en mi pueblo.
Pagaban puntualmente la cuota
social de la Unión Israelita, para
mantener su actividad y no dar lugar a que se pensara que Mi
Familia se había apartado de la
colectividad.
Mis Padres celebraban tres festividades del
calendario judío: Año Nuevo-Rosh Hashaná: el Día del Perdón -Yom Kippur; y las Pascuas—Pesaj.
A diferencia de Mi Padre, que no le daba bola al asunto, MI MADRE respetaba el Shabat, nuestro día de descanso, que era cuando encendía dos velas que colocaba en unos candelabros que
guardaba celosamente y era lo único que brillaba en nuestro caserón.
Mi Madre se cubría la cabeza
con un pañuelo multicolor, llenaba una copa de plata con
vino dulce y lo bendecía diciendo el kidush. Después, Mi Madre nos repartía, a Mis Dos Hermanos y a mí, trozos
un pedazo de un pan trenzado, (jalá), de
valor simbólico que ella misma amasaba.
Y de esta manera poco ortodoxa daba por finalizado el ritual.
Mi madre, después de cenar, nos contaba historias de gente buena que Dios compensaba. Nunca le creí:
siempre terminamos siendo agredidos o asesinados por el goi (el gentil.)
En ROSH HASHANÁ Mis Padres, nos obligaban ir al shil (sinagoga). Era cuestión de no olvidar
nuestros orígenes. Y no por creer en Jehová, yo iba a jugar, a buscar cómplices
para mis correrías.
Para que Mi Padre no se
disgustara conmigo de a ratos iba y me
sentaba a su lado. Y él feliz me
señalaba con el dedo el texto que estaba leyendo.
Yo intentaba seguirlo con la vista pero enseguida me distraía. Y al
rato volvía a mis andadas con los otros gurises que estaban dispuestos a corretear.
Mi casa se conmocionaba en Rosh Hashaná y Yom Kippur, con la llegada de
la hermana y el cuñado de nuestro inquilino
Jonás.
JONÁS era de
origen austriaco. Durante la PGM había sido distinguido por su Gobierno por la enorme valentía demostrada durante la
contienda.
Cuando estalló la SGM, Austria le agradeció
los servicios prestados, enviando a su esposa y a sus dos hijos, a los campos de Mauthausen-Gusen de donde no salieron con vida.
Jonás, pudo escapar y esconderse en un wald cercano a Viena. Su vida
dejó de tener sentido. Se iba suicidando lentamente tomando todo el día café y fumando compulsivamente.
Recuerdo sus mostachos que tenían el color de la nicotina.
Él dejó de ir a la sinagoga, desde que Dios lo había abandonado.
La hermana de Jonás y su
marido, vivían en la ciudad entrerriana de Feliciano. La comunidad era tan pequeña
que no justificaba la contratación de un jazán que se encargara de las
ceremonias religiosas. Por eso para las fiestas se venían a Concordia y la pasaban con nosotros y sus dos hijos, aún solteros, quienes
trabajaban en esta ciudad.
Entre los
años 1946 y finales de los 60’ en mi
pueblo había una gran comunidad hebrea. En
Año Nuevo y en el Día del Perdón se notaba.
Los negocios permanecían cerrados y los estudiantes estábamos
autorizados a faltar a clase.
En el
siglo XXI se habla mucho del bullyng (acoso escolar). A mitad del siglo XX yo
lo padecí.
Mi primer nombre es JACOBO. Cuando podía, decía que me llamaba Saúl
(mi segundo nombre.)
Mis compañeros de la Primaria me agobiaban desde el
habitual “Jacoibo, hasta judío pija recortada”. De vez en cuando renovaban su repertorio.
Yo empecé mis estudios primarios cuando hacía tres
años que había finalizado la Segunda Guerra Mundial.
La muerte de seis millones de hebreos no
tenía ningún significado para mis
compañeros de clase. Ellos seguían batiendo parches sobre los mismos temas que
sirvieron de pretexto para la matanza de mi pueblo en Europa.
Yo me
sentía como doblegado por esas imágenes que me llegaban a través de diarios y revistas, donde los creyentes rezaban
a un Dios prófugo mientras eran enviados a los campos de
exterminio.
Mis vecinos
de Concordia se pasaban yendo a misa. Especialmente una solterona que buscaba en la iglesia alguna imagen masculina que le ayudara a
imaginar otro tipo de vida, más cerca del cuerpo y no tan lejos de los deseos.
En esa misma casa vivía un matrimonio que tenía dos hijos que cuando se embalaban me regalaban a modo de saludo: “Chau judío de mierda.”
Y para colmo de males Dios no los castigaba.
EN LA ESCUELA NORMAL, donde cursé mis estudios primarios, los alumnos
católicos recibían clases de Religión. Era por un arreglo que había hecho el
presidente Perón con la Iglesia
Católica, por haberlo apoyado en su
primera candidatura a la Presidencia de la Nación.
Los hebreos salíamos del curso y nos
encerrábamos en una sala donde se suponía recibiríamos clases de Moral, algo que nunca sucedía.
Cuando volvíamos a clase nos encontrábamos
con nuestros compañeros transformados, capaces
de asesinarnos porque los curas les habían repetido la cantilena
de siempre: que tanto mis ancestros, Mis Padres, Mis Hermanos y yo, habíamos
matado al Hijo de Dios.
Los
argentinos de origen hebreo no siempre la pasaron bien en esta tierra, crisol
de razas.
LA
JUDEOFOBIA tuvo sus comienzos en la literatura.
En la novela La
Bolsa publicada en 1891, a pesar que en
la Argentina no había hebreos, su autor
Julián Martel (José María Miró, n.
1867), nos culpaba de la crisis financiera que asolaba al
país.
Un detonante
para la judeofobia fue el asesinato del jefe policial Ramón
Falcón cometido por un joven de origen hebreo de diecisiete años SIMÓN
RADOWITZKY.
En 1919, durante la
llamada Semana
Trágica, el periodista idish Pedro Wald
(n.1886) fue detenido y acusado de tramar un “gobierno judío maximalista
(extremista) en la Argentina.”
Al salir de la
cárcel después de soportar la tortura escribió la novela Koshmar (pesadilla.) Wald relató
alguno de los episodios ocurridos el 9 de enero 1919: “…salvajes eran las
manifestaciones de los niños bien que marchaban al grito de ‘! Mueran los judíos; Muerte a los
extranjeros y maximalistas!’
Refinados, sádicos,
torturaban y programaban orgías… Detienen a un judío y luego de los primeros
golpes le comienza a brotar un chorro de sangre de su boca; acto seguido le
ordenan cantar el Himno Nacional. Como no lo sabe, lo matan en el acto…
No seleccionan. Pegan y asesinan a quienes
encuentran…”
El día 10 del mismo
mes de enero, fueron asaltados los
locales de las organizaciones Avangard
y Poalei Tzion y la Asociación Teatral Judía (IFT).
“Jinetes de la
policía arrastraban a los viejos
desnudos por las calles de Buenos
Aires, les tiraban de sus encanecidas barbas, y cuando ya no podían correr al
ritmo de sus caballos, sus pieles se
desgarraban raspando contra los adoquines, mientras los sables y látigos de los
hombres de a caballo golpeaban sus cuerpos…
En el Departamento Central de Policía les pegaban
espaciosamente.
En la Comisaría
Séptima, los soldados, vigilantes y
jueces, encerraron a los judíos en los baños,
donde los torturadores tiraban en forma salvaje de sus bocas, mientras la
policía argentina y los soldados les orinaban en la boca…”
El segundo testigo presencial fue el médico y
escritor político JUAN CARULLA (n.1888): “Oí que estaban incendiando el barrio
judío y hacia allí me dirigí. Al llegar a la Facultad de Medicina, me tocó
presenciar el primer pogromo en la Argentina.
En medio de la
calle ardían piras formadas con libros… Se luchaba dentro y fuera de los
edificios…
Se acusaba a un
comerciante judío de hacer propaganda comunista.”
El saldo en vidas
de aquella Semana
Trágica fue de ochocientos muertos y
cuatro mil heridos.
Con el auge del
nazismo en Europa, recrudeció la judeofobia de grupos germanófilos y nacionalistas.
Sus publicaciones
no cejaron después de la guerra. Para la década del sesenta del siglo XX la más
activa banda judeofóbica argentina fue Tacuara, que tenía por mentores a dos lacras
humanas: los sacerdotes ALBERTO EZCURRA Y
JULIO MEINVIELLE.
Estaban en connivencia
con el representante de la Liga Árabe Hussein Triki.
Tacuara, entre sus secuencias ideológicas, secuestró, torturó y asesinó al
estudiante de origen hebreo Raúl Alterman.
A los padres del muerto
le enviaron un mensaje: “Nadie mata porque sí nomás; a su hijo lo han matado
porque era un perro judío comunista… Si no están conformes, que se retiren
todos los perros y explotadores judíos a su Judea natal.”