Wednesday, October 6, 2021

NO SOY FAMOSO PERO TENGO ALGO QUE CONTAR (52).

 

MI VIDA Y SUS INFIERNOS

 

PROHIBIDO REBELARSE. Muchos internos del gariátrico israelí LA HUMILLACION   solo sabían expresarse     llorando o gritando.  Esta forma de hacerse entender  le molestaba  al  Encargado del Personal quién rápidamente le ordenaba a la Enfermera Jefe que  callara  a los  incordiosos.    Se los medicaba. Idéntica suerte corrían  los que pedían más comida, los que querían un mejor trato y aquellos que decían la verdad.  En La Humillación los residentes tenían que ser  mansos y tranquilos.

***Hubo un caso que  me golpeó fuertemente. Una señora, de unos sesenta y  cinco años de edad llegó  a La Humillación porque   su hija  no la  podía seguir cuidando: se le había presentado un trabajo que la iba a tener alejada del país por mucho tiempo.   

A esa señora se le asignó  una habitación en el ala contraria  a la que yo atendía.

La nueva habitante de  La Humillación demostró tener apetencias sexuales como cualquier ser normal.    El problema que en el geriátrico no se admitían las relaciones intimas  entre gerontes.

La Enfermera jefe la trató   como a una ninfómana. Y mediante la administración de unos medicamentos la sumió en un profundo letargo. Un día no vino a desayunar.  Fui  hasta su habitación.  Me  encontré con una mujer atada a la cama. Tenía  puesto un pañal y  una  sonda vesical. Mantenía los ojos cerrados. Nunca más volvió a  caminar.

Cuando su hija regresó del exterior  y preguntó qué había pasado con su madre que estaba tan deteriorada el  Encargado del Personal  le hizo  el cuento. Y en esto quedó todo.  

El árabe israelí, el mismo que denunció al rabino por montarse a la joven de  Bujara, se encargaba de  higienizar a la ninfómana. Cuando le tocaba  las zonas  pudendas la pobre se retorcía de  placer. A esta mujer ni un regimiento la hubiese logrado serenar.

Estando en  su silla de ruedas  buscaba un punto de apoyo que le permitiera  frotarse.         

*** Uno de los internados tenía una hija que venía a darle de comer todos los mediodías. El hombre  tenía  muy mal carácter. Exempleado bancario, era obsesivo con su cuerpo y su ropa. Había que bañarlo y afeitarlo todos los días.  Yo le había agarrado la vuelta y a pesar que no estaba entre mis pacientes, me  habían pedido que me encargara de él.  

A los dos meses me  quitaron esa responsabilidad, sin decirme el por qué de esta decisión.

La hija del exbancario se puso furiosa. Le dijeron que si no estaba conforme que se llevara a su padre a otro sitio. La pobre se fue al mazo. También se apichonó cuando dijo que iba  realizar una  denuncia  policial por  el robo del reloj de oro de su padre.   

El dueño del geriátrico volvió a amenazarla con rajar a su progenitor.  La mina se calló.  * *** Había un   solterón que  se desvivía cuidando a su madre.  Él se encargaba de cobrarle su magra pensión  y con esa plata darle  algunos gustos.  

Una noche se apareció un hermano suyo reclamándole un pedazo de ese dinero. Como el hijo pródigo se lo negó  el Caín le  metió tremenda trompada que no solamente lo tumbó sino que en la caída se quebró un brazo.

Este  bochornoso espectáculo lo presenció la  madre   que no paró de gritar viendo como sus hijos se peleaban.  

***Un hombre fornido, cuyos músculos aún estaban  intactos, que bien podía haber vivido fuera de La Humillación, estaba desconsolado  porque sus dos hijos lo tenían  abandonado.

Estos hijos pródigos le habían vendido   un inmueble que estaba en pleno centro de Tel Aviv, cuyo valor superaba el  millón de dólares.  

El tipo  se lamentaba: “No son capaces de traerme ni  una mísera fruta  sabiendo lo mal que se come aquí.”

En marzo de 1998 los   hijos del Hombre Fornido   se fueron de  vacaciones  con sus respectivas familias a Tailandia.

Agradeciéndome  el buen trato que yo le brindaba al padre, me trajeron de regalo  una camiseta  de  tan burda confección que, después del primer  lavado, no me sirvió ni siquiera de pañuelo.

Durante el año y medio que estuve en La Humillación noté que  las   mujeres  no le tenían paciencia  a sus maridos internados. Había  como un rechazo hacia ellos. No ocurría lo mismo cuando  era a la inversa.

***SILLA DE RUEDAS. La representación más antigua se encontró en un grabado chino que data desde antes del año 525.  La primera fue fabricada en 1595 para el rey español Felipe II (n. 1527) A principios de 1930, el ingeniero Harry Jennings fabricó la primera silla de ruedas de acero tubular plegable para Herbert Everest, un amigo parapléjico suyo.

“En todos los hombres está presente la corrupción: sólo es una cuestión de cantidades”. Carlo Dossi (escritor y diplomático italiano.)

***LA CORRUPCIÓN VERSIÓN ISRAELÍ.  En Israel,  durante mi estada (1997—98), , hubo dos acontecimientos de gran impacto social:   los Juegos Macabeos,   (los olímpicos de las comunidades hebreas del mundo);   y  los festejos programados por los Cincuenta años de la recuperación de una parte del suelo patrio,  después de dos mil años de dominación extranjera.       La primera Macabiada se realizó  en el año 1932

El acto inaugural de los Juegos fue en  el Estadio Municipal de Ramat Gan.  Como los   trabajos venían demorados se tuvo que   improvisar sobre la marcha. Algo que es común   en los  países que tienen un alto índice de corrupción.

Cuando las cosas se hacen a las apuradas aumentan los presupuestos y  es cuando  dirigentes y  funcionarios meten sus manos en las latas.

El desfile de las delegaciones  se televisaba  en directo para  todo el país. La primera en marchar  fue la  representación australiana. Cuando los deportistas oceánicos ingresaron al estadio  la pasarela se quebró y muchos  de ellos se cayeron a las aguas contaminadas del río Yarkón.

Cuatro deportistas fallecieron en el acto y muchos otros resultaron gravemente heridos.  Una nadadora   debió ser operada en reiteradas oportunidades para poder corregirle los daños corporales y faciales sufridos en la  inesperada  zambullida.

Los platos rotos los pagó   el contratista de la obra. Los otros involucrados directa o indirectamente en ese trágico suceso nunca fueron llevados al banquillo de los acusados.   

TAMBIÉN QUEDÓ   AL DESCUBIERTO  la actitud desaprensiva de muchas de las   fábricas   instaladas a orillas del Yarkón:   depositaban sus desechos en el lecho del río. Muchos  deportistas juraron no volver a Israel mientras  el país fuera gobernado por el impresentable Netanyahu.

Si la Macabiada fue un baldón para el país, los actos programados para festejar las Bodas de Oro  de la creación del  Estado hebreo, no le fue en zaga.

Era tal el desmadre, que el presidente de la Comisión que tenía a su cargo la organización del evento   renunció,  y al poco tiempo  se murió de un ataque al corazón.

Muchas empresas extranjeras que habían venido a apoyar económicamente lo que

debía ser la gran fiesta de fin de siglo, se sintieron estafadas. Nunca supieron en manos de quienes quedaron sus aportes.  

Yo no pude presenciar los festejos   porque ese día trabajé en La Humillación.  La última parte  del espectáculo la seguí por televisión. Fue todo tan pobre que no me quedó nada que pudiera recordar.

DE VUELTA AL REDIL. Yo prolongué mi permanencia en el país hasta   julio de 1998, mes que renuncié al geriátrico.  Mis compañeros  me organizaron  una pequeña despedida. El Encargado de  Personal, fue un autentico hipócrita: dijo que La Humillación perdía a su mejor asistente. Tuve que contenerme para no mandarlo a la mierda.  Las veces que  le pedí un aumento me  decía  que la patronal no estaba en condiciones de satisfacer mi pedido porque el boss estaba endeudado: se  había comprado una formidable  lancha para ir a pescar al lago Kineret. No me trataron de retener, como  en  AMIDAR, donde  me prometieron   un aumento con tal que me quedara en la empresa.

Viajé a  Chicago para estar un mes con   Mi Hijo el mediano.

En    ciudad alemana de Frankfurt  hubo un  cambio de avión. Previamente   tuve

que soportar un duro interrogatorio por parte de la  policía militar yanqui que me trató como si yo hubiese sido el terrorista saudí Osama  Bin Laden.

Tuve que resucitar a Mis Padres.   Mi garganta  estaba  hecha  un rallador del esfuerzo que hacía   para que el fulano entendiera mi inglés. También me revolvieron las maletas.

Mi Mujer que hizo mi mismo periplo le fue peor.  En la indagatoria mintió cuando le preguntaron   dónde  se iba a alojar, dio el nombre de un hotel.  No quería comprometer al Mediano que estaba  ilegal en los EEUU.  

Cuando pareció que iba a perder el vuelo la salvó una mujer  de origen peruano. Ella se dio cuenta que Mi Mujer estaba lejos de pertenecer a una  célula extremista.  

En cambio al pequinés que Mi Mujer llevaba  no lo  revisaron. El pichicho podía  haber tenido un explosivo  escondido en algún lugar de su cuerpo.

Llegué a  la Ciudad de los Vientos,  el mismo día que se jugaba  la final del Mundial de Fútbol que   consagró campeón a Francia, por primera vez.

Mi Hijo,  el Mediano  se había alquilado un departamento   en un lugar alejado del downtown,  en una zona   arbolada, invadida por  ardillitas juguetonas, y a pocos metros de una playa.      

Mi hijo  me  estaba esperando en el   descomunal aeropuerto de O ´Hare. Vino en su    Pontiac que utilizaba para repartir  comida   a domicilio.  

Tenía   licencia internacional otorgada por el  Automóvil Club Argentino (ACA). Dos años después revalidó   la estadounidense: mediante un examen que  rindió en    Miami, a pesar de ser un  indocumentado.

EN CHICAGO, el paso del invierno al verano es de un día para el otro: de la nieve a un sol abrasador. Yo soy un fanático del calor. De día me caminaba todo, sin darme tregua. De noche salía  con  Mi Hijo. 

Un sábado de tarde conocí uno de esos parques, considerados los verdaderos    pulmones  de  las grandes   ciudades yanquis. Además de admirar el impresionante lago Michigan, en todo su esplendor, me encontré con grupos  de homosexuales quienes se besaban y se franeleaban a la vista de todos.  

Para mí era la primera vez que me encontraba ante  semejante espectáculo.  Me causó un  cierto   rechazo. Y no sé por qué.

 Regresé a la Argentina desde Miami. El vuelo que tomé en Chicago vino complicado. El avión  llegó retrasado. Además, tuve los mismos inconvenientes que padecí en Londres en 1979.   En el momento del check-in  se me informó que había nuevas instrucciones con respecto al peso  del equipaje que podía portar cada viajero. Lo habían reducido   en cinco kilos. Tuve que  rearmar mis maletas y tirar un montón de cosas porque  Mi Hijo no las quiso  conservar.  Yo  estaba seguro   que había perdido el vuelo a Buenos Aires. Sin embargo, la nave   permanecía en la pista. No alcancé a ubicarme en el único asiento que quedaba libre cuando el avión despegó. Aún hoy me sigo preguntando cómo fue que mi equipaje no se perdió en semejante despelote.

El avión  estaba abarrotado de compatriotas que  habían venido de compras a Miami  aprovechando la  paridad  del peso --  dólar.  

Las azafatas,  todas jóvenes,  no nos soportaban.  En el único momento que cambiaron de semblante  fue cuando salieron al ruedo para vendernos sus productos, supuestamente libres de impuestos.

En Mar del Plata me estaba esperando  un departamento de un ambiente y medio que compartía con dos viviendas similares distribuidas en un largo pasillo.

Mi Mujer  lo  compró  con el  dinero que nos dio  Mi Hermano, el Mediano, antes de viajar y cuya procedencia será  una incógnita hasta el resto de mi vida.  

La casa es como  un nicho,  muy poca iluminación, pero es lo que se pudo comprar con el dinero disponible.

Este PH (propiedad horizontal), tiene algunas virtudes: que está en el Centro de   Mar del Plata no nos hace  falta utilizar   los inmundos colectivos. Todo lo hacemos  caminando. El Hospital, donde Mi Mujer y yo trabajábamos  ( a mí me habían permitido reincorporarme ), está  a seis cuadras   de nuestra casa. No pagamos  expensas, y solo tenemos  una vecina, una señora nonagenaria. El otro departamento está  desocupado la mayor parte del año. ¡Cuánta tranquilidad!

Antes de regresar al Hospital  me anoté en un geriátrico. ¡Otra vez sopa!     

El lugar no podía compararse ni siquiera con las puertas de  La Humillación. Si bien pagaban una miseria, al personal lo tenían en blanco.   

Al dueño del geriátrico no lo conocí: estaba estrenando  esposa y andaba de luna de miel por Europa.

Las condiciones laborales eran una verdadera  salvajada. Las asistentes movilizaban   a los pacientes  arrastrándolos  en sillas comunes. Al poco tiempo estas mujeres, todas  ellas muy  jóvenes, quedaban con sus espaldas   estropeadas.   Los planteles se renovaban constantemente.

Tampoco en Mar del Plata se inspeccionan las condiciones laborales y edilicias de los geriátricos  y, mucho menos, el trato  a los internados.

Yo cobré mi primer sueldo y me fui.     

 A mediados de octubre de ese 1998, unos excompañeros del Hospital hablaron con la Dirección y  lograron mi reincorporación.   A fin de ese mes ya estaba trabajando.

Solamente en  un sistema descontrolado y  anárquico, podía darse mi vuelta al nosocomio.         

Yo tenía    cincuenta y nueve  años de edad cuando   me llegó el nombramiento como personal de  planta, después de haber acumulado cinco como becario.

Me asignaron  a  la Guardia de Emergencia, un lugar que tenía mala prensa porque aquí  mandaban a quienes incomodaban en otros servicios.  

Me encontré, entre otros,  con un drogadicto, con  un alterado mental, con una  golpeadora, con  un acusado de acoso sexual,  con una que tenía más  días de ausencia que de trabajo; uno que nunca atendió a un   solo paciente;  y con otro   que después se suicidó por no soportar a su  mujer y fallarle los intentos de serle infiel.

En este Hospital  no se echaba  a nadie salvo que se le antojara  al Director.  

La Salud Pública adolece de una grave enfermedad: los nombramientos en la mayoría de las áreas son políticos. Y  en Enfermería se acepta gente sin un examen de ingreso, ni  una evaluación psicológica.

Hasta mi jubilación en el 2014, la Enfermería se movía en un callejón sin salida..

No digo que he sido un gran Enfermero. Si digo: que   humanamente estuve entre  los mejores.

A los setenta y tres  de edad me llegó el retiro, a pedido mio. Podía haber estirado un tiempo mas:  no me hubiese significado una diferencia.

 Recibo la jubilación  mínima  porque me faltaron  años de aportes.   

Afortunadamente la llevamos pichuleando gracias a los aportes de MI MUJER,  superiores a mis mendrugos.

 “La vida es una enfermedad: el mundo un gran hospital, y la muerte, el médico que nos cuida a todos”. Heine. 

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