MI VIDA Y SUS INFIERNOS
PROHIBIDO REBELARSE. Muchos internos del gariátrico israelí LA HUMILLACION solo sabían expresarse llorando o gritando. Esta forma de hacerse entender le molestaba al Encargado del Personal quién rápidamente le ordenaba a la Enfermera Jefe que callara a los incordiosos. Se los medicaba. Idéntica suerte corrían los que pedían más comida, los que querían un mejor trato y aquellos que decían la verdad. En La Humillación los residentes tenían que ser mansos y tranquilos.
***Hubo un caso que me golpeó fuertemente. Una señora, de unos sesenta y cinco años de edad llegó a La Humillación porque su hija no la podía seguir cuidando: se le había presentado un trabajo que la iba a tener alejada del país por mucho tiempo.
A esa señora se le asignó una habitación en el ala contraria a la que yo atendía.
La nueva habitante de La Humillación demostró tener apetencias sexuales como cualquier ser normal. El problema que en el geriátrico no se admitían las relaciones intimas entre gerontes.
La Enfermera jefe la trató como a una ninfómana. Y mediante la administración de unos medicamentos la sumió en un profundo letargo. Un día no vino a desayunar. Fui hasta su habitación. Me encontré con una mujer atada a la cama. Tenía puesto un pañal y una sonda vesical. Mantenía los ojos cerrados. Nunca más volvió a caminar.
Cuando su hija regresó del exterior y preguntó qué había pasado con su madre que estaba tan deteriorada el Encargado del Personal le hizo el cuento. Y en esto quedó todo.
El árabe israelí, el mismo que denunció al rabino por montarse a la joven de Bujara, se encargaba de higienizar a la ninfómana. Cuando le tocaba las zonas pudendas la pobre se retorcía de placer. A esta mujer ni un regimiento la hubiese logrado serenar.
Estando en su silla de ruedas buscaba un punto de apoyo que le permitiera frotarse.
*** Uno de los internados tenía una hija que venía a darle de comer todos los mediodías. El hombre tenía muy mal carácter. Exempleado bancario, era obsesivo con su cuerpo y su ropa. Había que bañarlo y afeitarlo todos los días. Yo le había agarrado la vuelta y a pesar que no estaba entre mis pacientes, me habían pedido que me encargara de él.
A los dos meses me quitaron esa responsabilidad, sin decirme el por qué de esta decisión.
La hija del exbancario se puso furiosa. Le dijeron que si no estaba conforme que se llevara a su padre a otro sitio. La pobre se fue al mazo. También se apichonó cuando dijo que iba realizar una denuncia policial por el robo del reloj de oro de su padre.
El dueño del geriátrico volvió a amenazarla con rajar a su progenitor. La mina se calló. * *** Había un solterón que se desvivía cuidando a su madre. Él se encargaba de cobrarle su magra pensión y con esa plata darle algunos gustos.
Una noche se apareció un hermano suyo reclamándole un pedazo de ese dinero. Como el hijo pródigo se lo negó el Caín le metió tremenda trompada que no solamente lo tumbó sino que en la caída se quebró un brazo.
Este bochornoso espectáculo lo presenció la madre que no paró de gritar viendo como sus hijos se peleaban.
***Un hombre fornido, cuyos músculos aún estaban intactos, que bien podía haber vivido fuera de La Humillación, estaba desconsolado porque sus dos hijos lo tenían abandonado.
Estos hijos pródigos le habían vendido un inmueble que estaba en pleno centro de Tel Aviv, cuyo valor superaba el millón de dólares.
El tipo se lamentaba: “No son capaces de traerme ni una mísera fruta sabiendo lo mal que se come aquí.”
En marzo de 1998 los hijos del Hombre Fornido se fueron de vacaciones con sus respectivas familias a Tailandia.
Agradeciéndome el buen trato que yo le brindaba al padre, me trajeron de regalo una camiseta de tan burda confección que, después del primer lavado, no me sirvió ni siquiera de pañuelo.
Durante el año y medio que estuve en La Humillación noté que las mujeres no le tenían paciencia a sus maridos internados. Había como un rechazo hacia ellos. No ocurría lo mismo cuando era a la inversa.
***SILLA DE RUEDAS. La representación más antigua se encontró en un grabado chino que data desde antes del año 525. La primera fue fabricada en 1595 para el rey español Felipe II (n. 1527) A principios de 1930, el ingeniero Harry Jennings fabricó la primera silla de ruedas de acero tubular plegable para Herbert Everest, un amigo parapléjico suyo.
“En todos los hombres está presente la corrupción: sólo es una cuestión de cantidades”. Carlo Dossi (escritor y diplomático italiano.)
***LA CORRUPCIÓN VERSIÓN ISRAELÍ. En Israel, durante mi estada (1997—98), , hubo dos acontecimientos de gran impacto social: los Juegos Macabeos, (los olímpicos de las comunidades hebreas del mundo); y los festejos programados por los Cincuenta años de la recuperación de una parte del suelo patrio, después de dos mil años de dominación extranjera. La primera Macabiada se realizó en el año 1932
El acto inaugural de los Juegos fue en el Estadio Municipal de Ramat Gan. Como los trabajos venían demorados se tuvo que improvisar sobre la marcha. Algo que es común en los países que tienen un alto índice de corrupción.
Cuando las cosas se hacen a las apuradas aumentan los presupuestos y es cuando dirigentes y funcionarios meten sus manos en las latas.
El desfile de las delegaciones se televisaba en directo para todo el país. La primera en marchar fue la representación australiana. Cuando los deportistas oceánicos ingresaron al estadio la pasarela se quebró y muchos de ellos se cayeron a las aguas contaminadas del río Yarkón.
Cuatro deportistas fallecieron en el acto y muchos otros resultaron gravemente heridos. Una nadadora debió ser operada en reiteradas oportunidades para poder corregirle los daños corporales y faciales sufridos en la inesperada zambullida.
Los platos rotos los pagó el contratista de la obra. Los otros involucrados directa o indirectamente en ese trágico suceso nunca fueron llevados al banquillo de los acusados.
TAMBIÉN QUEDÓ AL DESCUBIERTO la actitud desaprensiva de muchas de las fábricas instaladas a orillas del Yarkón: depositaban sus desechos en el lecho del río. Muchos deportistas juraron no volver a Israel mientras el país fuera gobernado por el impresentable Netanyahu.
Si la Macabiada fue un baldón para el país, los actos programados para festejar las Bodas de Oro de la creación del Estado hebreo, no le fue en zaga.
Era tal el desmadre, que el presidente de la Comisión que tenía a su cargo la organización del evento renunció, y al poco tiempo se murió de un ataque al corazón.
Muchas empresas extranjeras que habían venido a apoyar económicamente lo que
debía ser la gran fiesta de fin de siglo, se sintieron estafadas. Nunca supieron en manos de quienes quedaron sus aportes.
Yo no pude presenciar los festejos porque ese día trabajé en La Humillación. La última parte del espectáculo la seguí por televisión. Fue todo tan pobre que no me quedó nada que pudiera recordar.
DE VUELTA AL REDIL. Yo prolongué mi permanencia en el país hasta julio de 1998, mes que renuncié al geriátrico. Mis compañeros me organizaron una pequeña despedida. El Encargado de Personal, fue un autentico hipócrita: dijo que La Humillación perdía a su mejor asistente. Tuve que contenerme para no mandarlo a la mierda. Las veces que le pedí un aumento me decía que la patronal no estaba en condiciones de satisfacer mi pedido porque el boss estaba endeudado: se había comprado una formidable lancha para ir a pescar al lago Kineret. No me trataron de retener, como en AMIDAR, donde me prometieron un aumento con tal que me quedara en la empresa.
Viajé a Chicago para estar un mes con Mi Hijo el mediano.
En ciudad alemana de Frankfurt hubo un cambio de avión. Previamente tuve
que soportar un duro interrogatorio por parte de la policía militar yanqui que me trató como si yo hubiese sido el terrorista saudí Osama Bin Laden.
Tuve que resucitar a Mis Padres. Mi garganta estaba hecha un rallador del esfuerzo que hacía para que el fulano entendiera mi inglés. También me revolvieron las maletas.
Mi Mujer que hizo mi mismo periplo le fue peor. En la indagatoria mintió cuando le preguntaron dónde se iba a alojar, dio el nombre de un hotel. No quería comprometer al Mediano que estaba ilegal en los EEUU.
Cuando pareció que iba a perder el vuelo la salvó una mujer de origen peruano. Ella se dio cuenta que Mi Mujer estaba lejos de pertenecer a una célula extremista.
En cambio al pequinés que Mi Mujer llevaba no lo revisaron. El pichicho podía haber tenido un explosivo escondido en algún lugar de su cuerpo.
Llegué a la Ciudad de los Vientos, el mismo día que se jugaba la final del Mundial de Fútbol que consagró campeón a Francia, por primera vez.
Mi Hijo, el Mediano se había alquilado un departamento en un lugar alejado del downtown, en una zona arbolada, invadida por ardillitas juguetonas, y a pocos metros de una playa.
Mi hijo me estaba esperando en el descomunal aeropuerto de O ´Hare. Vino en su Pontiac que utilizaba para repartir comida a domicilio.
Tenía licencia internacional otorgada por el Automóvil Club Argentino (ACA). Dos años después revalidó la estadounidense: mediante un examen que rindió en Miami, a pesar de ser un indocumentado.
EN CHICAGO, el paso del invierno al verano es de un día para el otro: de la nieve a un sol abrasador. Yo soy un fanático del calor. De día me caminaba todo, sin darme tregua. De noche salía con Mi Hijo.
Un sábado de tarde conocí uno de esos parques, considerados los verdaderos pulmones de las grandes ciudades yanquis. Además de admirar el impresionante lago Michigan, en todo su esplendor, me encontré con grupos de homosexuales quienes se besaban y se franeleaban a la vista de todos.
Para mí era la primera vez que me encontraba ante semejante espectáculo. Me causó un cierto rechazo. Y no sé por qué.
Regresé a la Argentina desde Miami. El vuelo que tomé en Chicago vino complicado. El avión llegó retrasado. Además, tuve los mismos inconvenientes que padecí en Londres en 1979. En el momento del check-in se me informó que había nuevas instrucciones con respecto al peso del equipaje que podía portar cada viajero. Lo habían reducido en cinco kilos. Tuve que rearmar mis maletas y tirar un montón de cosas porque Mi Hijo no las quiso conservar. Yo estaba seguro que había perdido el vuelo a Buenos Aires. Sin embargo, la nave permanecía en la pista. No alcancé a ubicarme en el único asiento que quedaba libre cuando el avión despegó. Aún hoy me sigo preguntando cómo fue que mi equipaje no se perdió en semejante despelote.
El avión estaba abarrotado de compatriotas que habían venido de compras a Miami aprovechando la paridad del peso -- dólar.
Las azafatas, todas jóvenes, no nos soportaban. En el único momento que cambiaron de semblante fue cuando salieron al ruedo para vendernos sus productos, supuestamente libres de impuestos.
En Mar del Plata me estaba esperando un departamento de un ambiente y medio que compartía con dos viviendas similares distribuidas en un largo pasillo.
Mi Mujer lo compró con el dinero que nos dio Mi Hermano, el Mediano, antes de viajar y cuya procedencia será una incógnita hasta el resto de mi vida.
La casa es como un nicho, muy poca iluminación, pero es lo que se pudo comprar con el dinero disponible.
Este PH (propiedad horizontal), tiene algunas virtudes: que está en el Centro de Mar del Plata no nos hace falta utilizar los inmundos colectivos. Todo lo hacemos caminando. El Hospital, donde Mi Mujer y yo trabajábamos ( a mí me habían permitido reincorporarme ), está a seis cuadras de nuestra casa. No pagamos expensas, y solo tenemos una vecina, una señora nonagenaria. El otro departamento está desocupado la mayor parte del año. ¡Cuánta tranquilidad!
Antes de regresar al Hospital me anoté en un geriátrico. ¡Otra vez sopa!
El lugar no podía compararse ni siquiera con las puertas de La Humillación. Si bien pagaban una miseria, al personal lo tenían en blanco.
Al dueño del geriátrico no lo conocí: estaba estrenando esposa y andaba de luna de miel por Europa.
Las condiciones laborales eran una verdadera salvajada. Las asistentes movilizaban a los pacientes arrastrándolos en sillas comunes. Al poco tiempo estas mujeres, todas ellas muy jóvenes, quedaban con sus espaldas estropeadas. Los planteles se renovaban constantemente.
Tampoco en Mar del Plata se inspeccionan las condiciones laborales y edilicias de los geriátricos y, mucho menos, el trato a los internados.
Yo cobré mi primer sueldo y me fui.
A mediados de octubre de ese 1998, unos excompañeros del Hospital hablaron con la Dirección y lograron mi reincorporación. A fin de ese mes ya estaba trabajando.
Solamente en un sistema descontrolado y anárquico, podía darse mi vuelta al nosocomio.
Yo tenía cincuenta y nueve años de edad cuando me llegó el nombramiento como personal de planta, después de haber acumulado cinco como becario.
Me asignaron a la Guardia de Emergencia, un lugar que tenía mala prensa porque aquí mandaban a quienes incomodaban en otros servicios.
Me encontré, entre otros, con un drogadicto, con un alterado mental, con una golpeadora, con un acusado de acoso sexual, con una que tenía más días de ausencia que de trabajo; uno que nunca atendió a un solo paciente; y con otro que después se suicidó por no soportar a su mujer y fallarle los intentos de serle infiel.
En este Hospital no se echaba a nadie salvo que se le antojara al Director.
La Salud Pública adolece de una grave enfermedad: los nombramientos en la mayoría de las áreas son políticos. Y en Enfermería se acepta gente sin un examen de ingreso, ni una evaluación psicológica.
Hasta mi jubilación en el 2014, la Enfermería se movía en un callejón sin salida..
No digo que he sido un gran Enfermero. Si digo: que humanamente estuve entre los mejores.
A los setenta y tres de edad me llegó el retiro, a pedido mio. Podía haber estirado un tiempo mas: no me hubiese significado una diferencia.
Recibo la jubilación mínima porque me faltaron años de aportes.
Afortunadamente la llevamos pichuleando gracias a los aportes de MI MUJER, superiores a mis mendrugos.
“La vida es una enfermedad: el mundo un gran hospital, y la muerte, el médico que nos cuida a todos”. Heine.
No comments:
Post a Comment