LA PRINCESA DE MÓNACO, Carolina, se casó en 1978 con play boy francés, Philippe Junot. Dos años después se separó. El Vaticano no necesitó ningún tipo de seducción para darle su divorcio.
Un principado católico, se
merecía una manito santa. El cura tiene el perdón gratuito, ya sea pederasta o
se
limpie las cañerías con
monjas o prostitutas.
Los
monasterios tomaban dinero por servicios de rezos, para que los fallecidos no
se quemaran en el purgatorio.
El papa florentino LEÓN X (n.1475) decía que a
los pobres les era difícil acceder a una bendición porque no tenían dinero.
Según investigaciones durante los
seiscientos años que duró el comercio de la absoluciones fueron miles de millones de dólares las que
ingresaron en el Vaticano.
La Iglesia Católica, el Protestantismo,
y el Islam, han sabido prometer
a sus asesinos y suicidas, un lugar en el cielo, si sus víctimas eran los abyectos hebreos.
Los curas han sido alérgicos al trabajo físico, por eso apoyaron la ESCLAVITUD.
Durante siglos la Iglesia,
tuvo sus propios esclavos.
Los protestantes también justificaban
teológicamente el vasallaje y la esclavitud.
La Argentina, crisol de
razas, tuvo una actitud denigrante hacia el negro, como la que mantiene, aún
hoy en día, con las poblaciones
originarias.
Vale la pena este extracto
HistoriA DE NEGROS, de Rafael Gutiérrez.
“Los hombres, mujeres y
niños que llegaban desde el África al Río de la Plata en calidad de esclavos
conformaban una mercancía que se valoraba según la llamada “pieza de Indias.”
Esta medida correspondía
al africano de un metro setenta de altura, de quince a treinta años y en buenas
condiciones física.
Pero, por lo general, las transacciones se
hacían por tres cuartos, cuatro quintos u otra fracción a la que correspondían
los esclavos reales. Porque después de las travesías en barco, en condiciones
infrahumanas, el estado de las
personas-mercancía era lamentable.
Para su comercialización,
los negros eran diferenciados en “bozales”, los que no hablaban el español;
“ladinos”, que ya manejaban el idioma; los “criollos”, nacidos en América; los provenientes del
Congo, preferidos para los trabajos de campo:
y los “yoruba” que hacían labores domésticas.
Los religiosos destinaban
sus esclavos para el servicio en iglesias, conventos, haciendas y misiones; los
funcionarios los emplearon en trabajos públicos, construcción, reparación de
fortificaciones y caminos, en cabildos y hospitales, de porteros, pregoneros u ordenanzas.
Las familias acaudaladas
los ocupaban en el servicio doméstico o en trabajos manuales -considerados
viles por los españoles.
En el siglo XIX con las
guerras de la independencia,
aparecieron los proyectos destinados a
abolir la esclavitud.
La primera gran
participación pública de la población
negra tuvo lugar en Buenos Aires
durante las invasiones inglesas, oportunidad en la que los distintos grupos
sociales conformaron milicias para defenderse del invasor. Una de ellas fue la
de PARDOS Y MORENOS.
Este regimiento fue creado
en 1810. Y disuelto en 1815 después de la derrota de Sipe Sipe, que significó para las Provincias
Unidas del Río de la Plata la pérdida definitiva del Alto
Perú.
Cuando el país se vio
comprometido en nuevas guerras los
negros fueron arrastrados a combatir en
distintos frentes. Cruzaron los Andes y regaron con su sangre Chile y Perú.
También se vieron envueltos en las luchas
entre unitarios o federales; en la guerra
del Paraguay y en las campañas del Chaco
y del Desierto. Las epidemias como el cólera o la fiebre amarilla -que vinieron
en los equipajes de los soldados repatriados e hicieron estragos, especialmente
entre los grupos sociales más desprotegidos. Otro tanto afectó a la servidumbre
negra. Esa que acompañó a sus amos al
exilio chileno, huyendo de los esbirros
rosistas.
Por ejemplo la escritora
salteña Juana Manuela Gorriti (n.1818) recordaba a los
sirvientes que la acompañaron en su peregrinaje por Bolivia y Perú para
huir de sus enemigos políticos en la Argentina.
Hoy no
hace falta ser negro para ser explotado.
Dios apaña a los que profanan la fe.
El maltrato al
GERONTE se profundizó a partir de los
años ochenta y atravesó el siglo XXI,
sin que Dios no hiciera nada por evitarlo.
A los países integrantes del Tercer Mundo, se le han sumado
muchos otros del Primer Mundo, que
han restringido los beneficios
jubilatorios después de haber vaciado
los fondos destinados a pagar a esa gente
que había aportado
religiosamente como para que sus últimos
trancos fueran medianamente dignos.
En el año 1982 yo
vivía en Mar del Plata. Un conocido de
mi familia de Concordia me llamó por teléfono para que fuera a rescatar a Mi
Madre, que estaba tirada en un geriátrico. Unos delincuentes le habían quitado
nuestro viejo
caserón, aprovechándose
que ella vivía sola. Después la
encerraron en una pocilga increíble de creer.
La
encontré acostada, completamente
inmovilizada.
MI
MADRE había enmudecido, le tenía miedo a la gente del lugar. Por cualquier cosa
le pegaban.
La llevé conmigo a Mar del Plata. En el
viaje le di una vianda que comió como si hubiese estado ayunando desde hacía
mucho tiempo.
La ingresé en un hospital
para que los médicos la revisaran. Fue cuando empezó a vomitar materia fecal.
Un médico me dijo que esto
le sucedía porque había estado mucho tiempo
sin ir de cuerpo.
Una vez que se repuso
Mi Madre abandonó definitivamente su
relación con Dios.
En el año 1997 estuve
trabajando durante un año en un GERIÁTRICO EN
ISRAEL.
La mayor
parte de la población era religiosa. El
dueño aparentaba ser un hombre de fe. No
necesité mucho tiempo para darme cuenta de su cinismo.
Mientras rezaba, a los asistentes nos pagaba en negro.
Los pensionistas nunca recibían el
confort prometido. La comida, era de muy mala
calidad y la violencia física que los
asistentes ejercían sobre los ancianos
era algo de todos los días.
La
patronal lo sabía, sin embargo se hacía la distraída. No podía prescindir de esa mano obra barata.
Dios perdona a quien
prioriza la rentabilidad sobre el trato humano.
He visto como muchos
asistentes les tiraban del cabello, los
zarandeaban como si fueran muñecos de paja, les golpeaban en los brazos y en las piernas. Los ancianos apenas si se podían defender.
Muchos familiares
denunciaban el maltrato. El dueño de la Humillación les respondía: “Si no les gusta, llévenselos a otro lado.”
Todos los días a los
ancianos les faltaban cosas. Y como los ancianos temían la venganza de los
asistentes pedían a sus familiares que no abrieran la boca.
Una mujer me contó que a su madre la tenían atemorizada con tomar represalias si le decía a su hija de cómo se
le habían producido esos moretones que
tenía en sus piernas.
Para calmar las aguas echaron a las dos
asistentes. Seis meses después las
volvieron a tomar.
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