Saturday, February 13, 2021

DIOS ESTA PROFUGO (XXVI)

  LA PRINCESA DE MÓNACO, Carolina, se casó en 1978 con play boy francés, Philippe Junot. Dos años después se separó. El Vaticano no necesitó ningún tipo de seducción para darle su divorcio.

Un principado católico, se merecía una manito santa. El cura tiene el perdón gratuito, ya sea pederasta o se

limpie las cañerías con monjas o prostitutas.  

 Los monasterios tomaban dinero por servicios de rezos, para que los fallecidos no se quemaran en el purgatorio.

 El  papa florentino LEÓN X (n.1475) decía que a los pobres les era difícil acceder a una bendición porque no tenían dinero.

Según investigaciones durante los seiscientos años que duró el comercio de la absoluciones  fueron miles de millones de dólares las que ingresaron en el Vaticano.

La Iglesia Católica, el Protestantismo, y el Islam,  han sabido  prometer  a sus asesinos y suicidas, un lugar en el cielo,   si sus víctimas eran los abyectos hebreos.
 Los curas han sido   alérgicos al trabajo físico, por eso   apoyaron la ESCLAVITUD.

Durante siglos la Iglesia, tuvo sus propios esclavos.

Los protestantes también  justificaban  teológicamente el vasallaje y la esclavitud.

La Argentina, crisol de razas, tuvo una actitud denigrante hacia el negro, como la que mantiene, aún hoy en día,  con las poblaciones originarias. 

Vale la pena este extracto HistoriA DE NEGROS, de Rafael Gutiérrez.

“Los hombres, mujeres y niños que llegaban desde el África al Río de la Plata en calidad de esclavos conformaban una mercancía que se valoraba según la llamada “pieza de Indias.”

Esta medida correspondía al africano de un metro setenta de altura, de quince a treinta años y en buenas condiciones física.

 Pero, por lo general, las transacciones se hacían por tres cuartos, cuatro quintos u otra fracción a la que correspondían los esclavos reales. Porque después de las travesías en barco, en condiciones infrahumanas,  el estado de las personas-mercancía era lamentable. 

Para su comercialización, los negros eran diferenciados en “bozales”, los que no hablaban el español; “ladinos”, que ya manejaban el idioma; los “criollos”,  nacidos en América; los provenientes del Congo, preferidos para los trabajos de campo:  y los “yoruba” que hacían labores domésticas.

Los religiosos destinaban sus esclavos para el servicio en iglesias, conventos, haciendas y misiones; los funcionarios los emplearon en trabajos públicos, construcción, reparación de fortificaciones y caminos, en cabildos y hospitales,  de porteros, pregoneros u ordenanzas.

Las familias acaudaladas los ocupaban en el servicio doméstico o en trabajos manuales -considerados viles por los españoles.

En el siglo XIX con las guerras  de la independencia, aparecieron   los proyectos destinados a abolir la esclavitud.

La primera gran participación pública de la población  negra  tuvo lugar en Buenos Aires durante las invasiones inglesas, oportunidad en la que los distintos grupos sociales conformaron milicias para defenderse del invasor. Una de ellas fue la de PARDOS Y MORENOS.

Este regimiento fue creado en 1810. Y  disuelto en  1815 después de la derrota de Sipe Sipe,  que significó para   las   Provincias Unidas del Río de la Plata    la pérdida definitiva del Alto Perú.

Cuando el país se vio comprometido en nuevas guerras    los negros  fueron arrastrados a combatir en distintos frentes. Cruzaron los Andes y regaron con su sangre Chile y Perú.

 También se vieron envueltos en las luchas entre   unitarios o federales; en la guerra del Paraguay y en  las campañas del Chaco y del Desierto. Las epidemias como el cólera o la fiebre amarilla -que vinieron en los equipajes de los soldados repatriados e hicieron estragos, especialmente entre los grupos sociales más desprotegidos. Otro tanto afectó a la servidumbre negra. Esa   que acompañó a sus amos al exilio chileno, huyendo de  los esbirros rosistas. 

Por ejemplo la escritora salteña Juana Manuela Gorriti (n.1818) recordaba  a los  sirvientes que la acompañaron en su peregrinaje por Bolivia y Perú para huir de sus enemigos políticos en la Argentina.

Hoy no hace falta ser negro para ser explotado.

 Dios apaña a los que profanan la fe.

El maltrato al GERONTE  se profundizó a partir de los años ochenta y   atravesó el siglo XXI, sin que Dios no hiciera nada por evitarlo.

A los   países integrantes  del Tercer Mundo, se le han sumado muchos   otros del Primer Mundo, que han  restringido los beneficios jubilatorios  después de haber vaciado los fondos destinados a pagar a esa gente  que había    aportado religiosamente como para que sus  últimos trancos fueran medianamente dignos.

 En el año 1982 yo vivía en Mar del Plata. Un  conocido de mi familia de Concordia me llamó por teléfono para que fuera a rescatar a Mi Madre, que estaba tirada en un geriátrico. Unos delincuentes le habían quitado nuestro viejo 

caserón, aprovechándose que ella vivía sola. Después  la encerraron en una pocilga increíble de creer. 

La encontré  acostada, completamente inmovilizada.

MI MADRE había enmudecido, le tenía miedo a la gente del lugar. Por cualquier cosa le pegaban.

La llevé conmigo a Mar del Plata. En el viaje le di una vianda que comió como si hubiese estado ayunando desde hacía mucho tiempo.

La ingresé en un hospital para que los médicos la revisaran. Fue cuando empezó a vomitar materia fecal.

Un médico me dijo que esto le sucedía porque había estado mucho tiempo   sin ir de cuerpo.

Una vez que se repuso Mi Madre abandonó definitivamente  su relación con Dios.

En el año 1997 estuve trabajando durante un año en  un GERIÁTRICO  EN  ISRAEL.

La mayor parte de la población era religiosa.  El dueño aparentaba ser un hombre de fe.  No necesité mucho tiempo para darme cuenta de su cinismo.

 Mientras rezaba,   a los asistentes nos pagaba en negro. Los  pensionistas nunca recibían el confort   prometido. La comida, era   de muy mala  calidad y la violencia física que los  asistentes ejercían sobre los ancianos    era algo de todos los días.

La patronal lo sabía, sin embargo se hacía la distraída.  No podía prescindir de esa mano  obra barata. 

Dios perdona a quien prioriza la rentabilidad sobre el trato humano. 

He visto como muchos asistentes les   tiraban del cabello, los zarandeaban como si fueran muñecos de paja, les golpeaban en los brazos  y en las piernas. Los ancianos  apenas si se podían defender.

Muchos familiares denunciaban el maltrato. El dueño de la Humillación les respondía:  “Si no les gusta, llévenselos a otro lado.”

Todos los días a los ancianos les faltaban cosas. Y como los ancianos temían la venganza de los asistentes pedían a sus familiares que no abrieran la boca.

Una mujer me contó que a su madre  la tenían atemorizada con tomar  represalias si le decía a su hija de cómo se le habían producido  esos moretones que tenía en sus   piernas.  

 Para calmar las aguas echaron a las dos asistentes. Seis meses después  las volvieron a tomar.

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