Esta última generalización -que no era sólo patrimonio del
común de la gente sino de las fuerzas policiales y de buena parte de la clase
política – produjo, en medio de la agitación obrera y el temor que despertaba
la Revolución Rusa, una ecuación de sentido común que derivó en sangre durante la Semana
Trágica.
Cuando se desató la huelga de LOS
TALLERES VASENA se empezó a hablar de la
existencia de un "soviet argentino" y, como
el único soviet conocido y temido era el ruso, "los rusos" se
transformaron de inmediato en blanco privilegiado de la represión.
El propio jefe de Policía, comisario JUSTINO TORANZO, denunciaba una "intensa agitación anarquista
provocada por numerosos sujetos de la colectividad ruso-israelita y la
propaganda que hacen en ruso y hebreo", según consta en el Archivo
General del Ministerio del Interior.
Eso desató lo que pronto se llamaría "el pogrom de Buenos
Aires", utilizando el término con que se denominaban los ataques a
las poblaciones judía en el Imperio Ruso y otros países del Este europeo.
La policía no tardó en "identificar" al líder del
supuesto soviet argentino: PEDRO PINIE WALD, un judío polaco nacionalizado
argentino que había sido obrero hojalatero en su tierra pero que en Buenos
Aires se había transformado en periodista y escribía en la publicación en
idish Avangard y en el diario Die
Presse. Fue uno de los primeros detenidos y así lo relató:
"Nos dirigimos al Avangard, en la calle
Ecuador. En la calle, cerca de las ventanas, todavía estaba el montón de ceniza
negra, restos de los objetos y enseres quemados. No quedaba allí otra cosa que
las paredes desnudas. (…) Al salir, no advertimos ninguna presencia sospechosa.
Íbamos por Corrientes cuando oímos la orden: '¡Caminen derecho!'. Era un oficial del ejército, que
avanzaba desde atrás y estaba a dos pasos de nosotros: 'Están arrestados', nos informó".
Pinie Wald fue trasladado a la Comisaría Séptima, donde lo sometieron a tormentos para que
confesara que era el líder del "soviet argentino" y revelara cuáles eran los planes
de la supuesta conspiración que encabezaba.
Le salvó la vida el abogado y dirigente del
Partido Socialista Federico Pinedo quién, avisado de la
detención, se presentó rápidamente en la comisaría y evitó que lo siguieran
torturando.
Muchos años después, Wald -que murió en Buenos Aires en la
década de los '60– dejó testimonio del pogrom y de su propio calvario en una
novela escrita en idish, Koschmar (Pesadilla),
que hoy es inhallable.
RELATOS DE UN POGROM. La represión de la Semana Trágica,
centrada en un principio en los obreros de Talleres Vasena y en las
movilizaciones proletarias que apoyaban sus reclamos, no demoró de ampliarse
hacia los barrios de Once y Villa Crespo, epicentro comercial y habitacional de
"los rusos".
La policía y comandos integrados por civiles –mayormente por
militantes radicales y católicos antisemitas– se centraron allí en atacar
salvajemente a todo aquel que fuera o pareciera judío, sin importar sexo, edad
u ocupación. La mayoría de ellos no eran obreros ni tenían actividad
política ni sindical.
EL
INCENDIO EN TALLERES METALÚRGICOS VASENA. Un anónimo cronista del diario La
Crítica describió así los hechos: "Hombres, mujeres y niños fueron
maltratados brutalmente, cual si existiera el propósito de extirpar a esa raza
atormentada. Los
rusos eran atormentados con saña feroz por los ebrios polizontes, y no pocos fueron ultimados a palos
y bayonetazos.
Se puede decir que ni un solo ruso salió ileso de las garras policiales. Por
los pasillos del Departamento de Policía desfilaban los flagelados y
ensangrentados. En el departamento central de Policía, cincuenta hombres, ante
el cansancio de azotar, se alternaban para cada judío. Con fósforos quemaban las rodillas
de los judíos mientras atravesaban con alfileres sus heridas abiertas. En la comisaría 7a les orinan en la boca".
La participación de grupos de civiles -algunos de los cuales
pocos días después constituirían la Liga Patriótica– en el pogrom quedó documentada por, entre otros, el
periodista y escritor Arturo Cancela en sus Tres relatos porteños:
"Jóvenes con brazaletes, armados de palos y carabinas, detienen a todos
los individuos que llevaban barba; los de las carabinas les pinchan el vientre
o se cuelgan de las barbas -escribió-. Otros apedrean los vidrios de las casas
de comercio cuyos propietarios abundan en consonantes".
Otro testigo que relató en detalle los ataques a "los
rusos" fue el escritor JUAN CARULLA. "En medio de la calle
ardían pilas con libros y trastos viejos, entre los cuales podían reconocerse sillas,
mesas y otros enseres domésticos, y las llamas iluminaban tétricamente la
noche, destacando con rojizo resplandor los rostros de una multitud
gesticulante y estremecida. Se luchaba dentro y fuera de los edificios; vi allí
dentro a un comerciante judío. El cruel castigo se hacía extensivo a otros
hogares hebreos. El ruido de los muebles y cajones violentamente
arrojados a la calle se mezclaba con gritos de 'mueran los judíos'. Cada tanto pasaban a mi vera
viejos barbudos y mujeres desgreñadas", contó.
Conmovido por lo que veía, también dejó testimonio de sus
propias emociones. "Nunca olvidaré el rostro cárdeno y la mirada
suplicante de uno de ellos, al que arrastraban un par de mozalbetes, así como
el de un niño sollozante que se aferraba a la vieja levita negra, ya
desgarrada", escribió.
LA PRÉDICA INCENDIARIA DE MONSEÑOR NAPAL En los años previos a la Semana
Trágica formaba parte del sentido común de una parte de la opinión católica la
creencia en la existencia de una asociación natural entre judaísmo y
socialismo, movidos en una conjura común destinada a combatir a la Iglesia y
obtener el predominio israelita sobre la Argentina y el mundo. Sin atender a
esta forma, ya tradicional y naturalizada, de atribución de sentido, resulta
imposible comprender los eventos antisemitas de la Semana Trágica – dice un
siglo después a Infobae el historiador Daniel
Lvovich.
En enero de 1919 el fuego de esa creencia fue ferozmente
avivado por la prédica del vicario general de la Armada, monseñor Dionisio Napal. En un discurso pronunciado ante
una multitud en la esquina de Junín y Corrientes -en pleno barrio de
Once– el hombre acusó a los judíos de traidores y chupasangres, y
caracterizó al socialismo como "una enfermedad judía".
En su libro Nacionalismo y antisemitismo en
Argentina, Lvovich recupera una crónica de esos días publicada
en Di Idische Tzáitung. "LOS CURAS COMENZARON EN
CORRIENTES Y JUNÍN. Prosiguieron luego sus sermones contra los socialistas
y los judíos, con la ayuda de la Policía, por todo Buenos Aires y los suburbios. El domingo organizaron una conferencia similar en la Avenida Sáenz
y Esquiú, rodeados por policías y escoltados por bandidos locales que estaban
armados con bastones de acero. Después del mitin partió una manifestación. En
Caseros y Rioja pronunció el cura Napal un tenebroso y agresivo discurso",
relata.
LA
MANO DE OBRA EN EL POGROMO.
Además de la participación de las "fuerzas legales" –la policía y el
Ejército– en la represión de las Semana Trágica en general y en el pogrom en
particular, los testimonios de la época dan cuenta del accionar de diferentes
grupos integrados por civiles.
La UCR
en el gobierno, presionada por la derecha conservadora y temerosa del
fantasmagórico "soviet argentino" se vio en riesgo y, además de
ordenar las acciones de la policía y el Ejército, convocó a través del Comité
Capital, a cargo de Pío
Zaldúa, a más de dos millares de militantes
para que salieran a las calles a defender a Yrigoyen.
En su
editorial del 10 de enero, el diario oficialista La Época decía:
"Conviene establecer con toda precisión lo que ocurre para disipar malos entendidos (sic) emanados de falsas
informaciones. Se trata de una tentativa absurda, provocada y dirigida por
elementos anarquistas, ajenos a toda disciplina social y extraños también a verdaderas
organizaciones de los trabajadores… Jamás el Presidente de los argentinos
cederá a la sugestión amenazante de las turbas desorbitadas".
Pero
las radicales no fueron las únicas patotas parapoliciales que se lanzaron a
reprimir por fuera de la legalidad. A ellas se sumaron los grupos conocidos
como "Orden
Social" y "Guardia Blanca" -un grupo de jóvenes
católicos organizado bajo un nombre evocador de la Rusia zarista-, que pocos
días después de la Semana Trágica constituirían, junto a oficiales de la Armada
y el Ejército, la Liga Patriótica Argentina bajo las órdenes de Manuel Carlés.
VÍCTIMAS
Y OLVIDO. A un siglo de la Semana Trágica
y el pogromo contra "los rusos" no se ha podido establecer el número
exacto de víctimas, aunque todas las fuentes señalan que hubo alrededor de mil muertos y un
número muy superior de heridos. Un informe de la Embajada de Estados Unidos dice -con
pretensión de ser preciso– QUE LO MUERTOS FUERON 1356, en tanto que la Embajada francesa contabilizaba
alrededor de 800
víctimas fatales y MÁS DE 4 MIL HERIDOS.
En
cuanto al pogromo, la única denuncia que se conoce es la del Comité de la
Colectividad Israelita ante el Ministerio del Interior, donde se precisan "71 casos de ciudadanos
israelitas heridos, golpeados y torturados por los uniformados en la calle o en
las comisarías". Se estima que hubo alrededor de
180 muertos en la comunidad.
Durante
muchos años, como si se tratara de una pequeña mamushka dentro de otra, el pogromo judío de enero de 1919
quedó oculto en el interior de los sucesos de la Semana Trágica que, a su vez,
se fue transformando en un hecho cada vez más borroso de la historia argentina
del Siglo XX.
Para
Lvovich hay razones para que haya sido así:
-Me
parece que no hubo el desarrollo de una política sistemática de memoria sobre
los sucesos de enero de 1919, creo que debido a dos razones. En el campo del
movimiento obrero, la marcada discontinuidad que implicó la crisis que llevó al
anarquismo a su casi extinción y la muy posterior emergencia del peronismo, que
provocó que no existieran portadores de una memoria obrera específica sobre la
Semana Trágica. Tampoco hubo en el seno de la comunidad judías actores
mayoritarios que desarrollaran iniciativas memoriales sobre los eventos
específicamente antisemitas de 1919 – dice a Infobae.
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